La autoridad como servicio
La autoridad como servicio
Durante unos días se convirtió en el corazón que hizo latir al unísono la diversidad de nuestros pueblos.
Durante unos días se convirtió en el corazón que hizo latir al unísono la diversidad de nuestros pueblos.
“Quien entiende la autoridad como un privilegio termina sirviéndose del pueblo. Quien la comprende como una responsabilidad termina sirviendo al pueblo”.
No escribo estas líneas desde la comodidad de un escritorio. Las escribo después de haber caminado durante más de tres décadas por los pueblos indígenas de Oaxaca. Ahí, entre asambleas comunitarias, caminos de herradura, largas conversaciones con ancianos, autoridades tradicionales y mujeres y hombres de trabajo, comprendí una verdad que el paso del tiempo no ha hecho sino fortalecer: la autoridad no nace del cargo; nace de la confianza del pueblo.
A lo largo de mi vida he conocido cientos de autoridades comunitarias: presidentes municipales, agentes, comisariados, ancianos, mujeres y hombres que, desde el anonimato, han sostenido la vida de sus comunidades.
Al observarlos comprendí una diferencia fundamental entre el poder y la autoridad.
El poder puede imponerse.
La autoridad se gana.
El poder puede obtenerse mediante una elección, un nombramiento o una circunstancia política. La autoridad, en cambio, solo nace cuando una comunidad reconoce en una persona la honestidad, la prudencia y la capacidad para anteponer el interés colectivo al interés personal.
Nuestros pueblos originarios entendieron esta verdad mucho antes de que existieran los modernos tratados de ciencia política.
En numerosas comunidades de Oaxaca, el servicio representaba una auténtica escuela de vida. Antes de asumir las mayores responsabilidades, hombres y mujeres recorrían un largo camino de aprendizaje, disciplina y compromiso con su pueblo. El cargo nunca era un premio; era una obligación moral. Quien aceptaba servir sabía que adquiría una deuda con su comunidad. Ese es el Sistema de cargos que aún se ejerce en la mayoría de comunidades de Oaxaca.
Esa visión encierra una enorme sabiduría.
Quien llega a ser autoridad únicamente para ejercer poder difícilmente comprenderá las necesidades de su gente. En cambio, quien ha servido durante años conoce el rostro de las personas, sus preocupaciones, sus alegrías y también sus sufrimientos. Es mucha la diferencia!
Por eso sostengo que la mejor escuela para gobernar no siempre se encuentra en las universidades ni en las oficinas públicas, menos en los espacios de los partidos políticos. Muchas veces está en la comunidad, en la convivencia cotidiana, en la escucha paciente y en el trabajo compartido.
Con el paso del tiempo hemos ido sustituyendo esa concepción del servicio por otra profundamente distinta. Hoy, con demasiada frecuencia, los cargos públicos se convierten en espacios de disputa, de prestigio o de beneficio personal. La competencia desplaza al compromiso; la propaganda sustituye al diálogo; la ambición termina imponiéndose sobre el deber.
Cuando eso ocurre, la política pierde su sentido más noble.
Gobernar no consiste en demostrar quién manda.
Gobernar consiste en hacer que la vida de los demás sea mejor.
La verdadera autoridad no necesita levantar la voz para ser respetada. Inspira confianza por la coherencia entre lo que dice y lo que hace. Su fuerza no proviene del miedo que pueda generar, sino de la credibilidad que ha construido con el paso de los años.
La historia de Oaxaca ofrece innumerables ejemplos de mujeres y hombres que ejercieron su autoridad desde la sencillez. No buscaron monumentos ni reconocimientos. Su mayor satisfacción fue mirar a su comunidad avanzar unida.
Ellos comprendieron algo que hoy conviene recordar: el poder es pasajero; el servicio permanece en la memoria de los pueblos.
La sociedad oaxaqueña y la sociedad mexicana comienzan a dar señales de un profundo cansancio. Existe un hartazgo frente a la soberbia con la que, en muchas ocasiones, se ejerce el poder. Se multiplican los discursos triunfalistas, las ceremonias de autopromoción y las barreras que separan a quienes gobiernan de la gente común.
Resulta doloroso observar a servidores públicos rodeados de escoltas, desplazándose en vehículos blindados y protegidos por grandes dispositivos de seguridad, mientras miles de ciudadanos recorren diariamente los caminos de nuestro país con incertidumbre y sin más protección que su esperanza. Más allá de que, en algunos casos, esas medidas respondan a riesgos reales, la imagen de una autoridad distante termina enviando un mensaje profundamente desafortunado: el de un gobierno que parece vivir separado de su pueblo.
Vivimos una paradoja que lastima a la sociedad: abundan quienes tienen poder, pero escasean quienes poseen verdadera autoridad moral.
La autoridad que necesita levantar muros y colocar vallas para encontrarse con los ciudadanos corre el riesgo de dejar de escuchar el pulso de la comunidad. Las vallas son una mala señal!
Los pueblos no anhelan gobernantes inalcanzables. Anhelan mujeres y hombres cercanos, capaces de caminar por las calles sin miedo, sentarse en una banca del parque, escuchar sin intermediarios y mirar a los ojos a quienes depositaron en ellos su confianza.
Nuestros pueblos originarios nos enseñaron que el respeto no se compra, no se decreta y no se impone.
Se conquista.
Por eso conviene recordar una verdad que nunca pierde vigencia: el poder es temporal; la autoridad moral permanece.
Estoy convencido de que Oaxaca y México necesitan recuperar esa antigua enseñanza: la autoridad no representa un privilegio; representa una forma de servicio.
Y quizá entonces comprendamos que el verdadero liderazgo no consiste en ocupar el primer lugar, y estar al frente , sino en caminar junto a la gente, ya hacer que la gente crezca.
Porque, al final…
El poder puede imponerse; la autoridad solo puede ganarse.
¡Vaya realidad!
¡Nos falta mucho por mejorar!







































