La Guelaguetza después de la Guelaguetza
La Guelaguetza después de la Guelaguetza
Durante unos días se convirtió en el corazón que hizo latir al unísono la diversidad de nuestros pueblos.
Durante unos días se convirtió en el corazón que hizo latir al unísono la diversidad de nuestros pueblos.
Se cerraron nuevamente las puertas del Auditorio Guelaguetza.
Ahí quedó, imponente y silencioso, ese magnífico recinto que año con año recibe a mujeres y hombres de las ocho regiones de Oaxaca. Durante unos días se convirtió en el corazón que hizo latir al unísono la diversidad de nuestros pueblos. Ahí resonaron nuestras lenguas originarias, el sonido de las bandas de música, el color de los huipiles, el aroma de nuestra tierra y la alegría de miles de oaxaqueñas y oaxaqueños que, con enorme dignidad, ofrecieron al mundo una pequeña parte de su historia.
Manda mucho orgullo ser oaxaqueño!!
Los aplausos terminaron.
Las luces se apagaron.
Los visitantes regresaron a casa.
Y también volvieron a sus comunidades los jóvenes que bailaron con orgullo representando a sus pueblos.
Regresaron felices por haber tenido el honor de pisar ese escenario; volvieron llevando consigo la satisfacción de haber honrado la memoria de sus abuelos, el esfuerzo de sus padres y el amor profundo por la tierra que los vio nacer.
Pero cuando el último autobús abandona la ciudad de Oaxaca y el Cerro del Fortín vuelve a quedar en silencio, comienza la reflexión que pocas veces queremos hacer.
¿Qué sigue para ellos?
¿Qué ocurre con esos jóvenes cuando vuelven a la Mixteca, a la Sierra Norte, a la Sierra Sur, al Istmo, a la Costa, al Papaloapan, a los Valles Centrales o a la Cañada?
¿Qué sucede con las comunidades que durante meses ensayaron una danza, restauraron un traje tradicional, reunieron recursos para trasladarse y prepararon con orgullo la representación de su pueblo? Y, sobre todo...
¿Cuándo ofrecerá el gobierno una verdadera Guelaguetza a los pueblos de Oaxaca?
Porque la Guelaguetza no nació para ser únicamente un espectáculo admirable ni una extraordinaria estrategia de promoción turística. Mucho menos para convertirse en el escaparate de gobiernos, funcionarios o proyectos personales.
La Guelaguetza nació del espíritu de nuestros pueblos.
Nació de la reciprocidad.
Del acto de dar sin esperar recompensa inmediata.
Del profundo sentido comunitario que ha permitido a Oaxaca conservar viva una de las culturas más extraordinarias del planeta.
Sin embargo, no deja de inquietarme una pregunta.
Si durante dos lunes de julio el mundo entero aplaude a nuestras comunidades, ¿por qué durante los otros trescientos sesenta y tres días del año muchas de ellas siguen viviendo entre el abandono, la pobreza, la falta de oportunidades y el olvido institucional?
¿No es esa la mayor contradicción que deberíamos discutir?
La cultura no puede reducirse a un espectáculo.
Los pueblos indígenas no pueden convertirse únicamente en la imagen que promociona destinos turísticos.
Nuestros músicos no viven solamente de los aplausos.
Nuestras artesanas no tejen únicamente para las fotografías.
Nuestras cocineras tradicionales no preservan recetas ancestrales para alimentar campañas publicitarias.
Nuestros jóvenes no bailan únicamente para llenar un auditorio.
Ellos sostienen, día tras día, el patrimonio cultural que hace de Oaxaca un lugar único en el mundo.
Por eso la verdadera Guelaguetza comienza precisamente cuando termina la fiesta.
Empieza cuando esos jóvenes regresan a comunidades donde todavía hacen falta caminos, hospitales, escuelas dignas, acceso a la cultura, oportunidades para permanecer en su tierra y condiciones para que sus lenguas, su música y sus tradiciones no desaparezcan.
Ahí es donde el Estado tiene la mayor deuda.
La mejor Guelaguetza que un gobierno podría ofrecerle a nuestros pueblos no sería necesariamente una edición más grande, más costosa o más espectacular.
Sería garantizar que ningún joven tenga que abandonar su comunidad porque no encontró oportunidades.
Sería proteger nuestras lenguas originarias con la misma pasión con la que promovemos la fiesta.
Sería fortalecer las bandas de música de los pueblos durante todo el año.
Sería respaldar a los artesanos, a las cocineras tradicionales, a los maestros de danza y a quienes, lejos de los reflectores, mantienen viva la esencia de Oaxaca.
Sería comprender, de una vez por todas, que la cultura no se administra: se acompaña, se protege y se fortalece.
La Guelaguetza pertenece al pueblo.
No pertenece a ningún gobierno.
No pertenece a ningún partido político.
No pertenece a ninguna administración sexenal.
Pertenece a generaciones enteras que la recibieron como herencia y que hoy la entregan, con enorme generosidad, a México y al mundo.
Ojalá llegue el día en que el éxito de la Guelaguetza no se mida únicamente por la ocupación hotelera, la derrama económica o el número de visitantes.
Ojalá podamos medirla por algo mucho más importante: por la calidad de vida de las comunidades que le dan sentido, por el orgullo de nuestros jóvenes de seguir perteneciendo a sus pueblos, por la fortaleza de nuestras lenguas indígenas y por la certeza de que quienes preservan nuestra identidad también participan de sus beneficios.
Ese día habremos entendido el verdadero significado de la Guelaguetza.
Porque la Guelaguetza no termina cuando se cierra el auditorio.
La Guelaguetza continúa viviendo en cada comunidad de Oaxaca.
Y mientras no exista justicia, oportunidades y dignidad para quienes mantienen viva esa herencia, la gran deuda con nuestros pueblos seguirá pendiente.
Quizá esa sea la pregunta que hoy debemos dirigir, con respeto pero con firmeza, a quienes ejercen el poder:
¿Cuándo ofrecerán una verdadera Guelaguetza a los pueblos de Oaxaca?







































