Ayotzinapa: el crimen no terminó aquella noche
La presidenta Claudia Sheinbaum pidió estudiar por qué los jóvenes tienen menos hijos o deciden no tenerlos.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— Acabo de ver la serie documental Los 43 de Ayotzinapa: un crimen de Estado y debo decir, sin rodeos, que me parece el trabajo más serio, contundente y esclarecedor que se ha realizado sobre la desaparición de los estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”.
Es un documental que duele, indigna y nos obliga a pensar.
No está construido para aprovecharse del dolor de las familias ni para provocar escándalo. Por el contrario, presenta una investigación cuidadosa, confronta testimonios, recupera documentos y permite escuchar a los padres, a los sobrevivientes, a los periodistas, a los investigadores y también a quienes ocuparon cargos importantes dentro del gobierno.
Pero lo que más me conmovió fue volver a mirar los rostros de aquellos muchachos.
Porque antes de ser conocidos como “los 43”, cada uno tenía un nombre, una familia, una comunidad y una historia. Eran hijos de campesinos y de familias pobres. Jóvenes que encontraron en la Normal de Ayotzinapa una posibilidad para estudiar y convertirse en maestros rurales.
Querían aprender para después enseñar.
Querían regresar a sus comunidades para compartir lo aprendido con otros niños y jóvenes que, como ellos, habían nacido entre la pobreza, el abandono y la falta de oportunidades.
Por eso debemos decirlo claramente: el 26 de septiembre de 2014 no desapareció una cifra. Desaparecieron 43 jóvenes, 43 historias, 43 sueños y 43 posibilidades de servir a los pueblos olvidados de México.
Aquella noche todos sabían
El documental derrumba la versión de que todo fue obra de unos cuantos policías municipales aliados con el grupo criminal Guerreros Unidos.
Aquella noche hubo mucho más.
Distintas corporaciones conocieron los movimientos de los estudiantes. Las autoridades los vigilaron desde que salieron de la Normal. El Ejército tenía información sobre ellos y recibió reportes mientras eran atacados en Iguala. Durante varias horas los jóvenes fueron perseguidos, golpeados, baleados y detenidos en diferentes lugares de la ciudad.
Y ninguna autoridad llegó realmente a protegerlos.
No fue un momento de confusión ni un encuentro casual con un grupo de delincuentes. Hubo vigilancia, persecución, detención y desaparición.
El documental presenta además una hipótesis que me parece terrible: uno de los autobuses tomados por los estudiantes pudo haber transportado droga hacia Estados Unidos sin que ellos lo supieran. El llamado “quinto autobús” ayudaría a explicar la violencia desproporcionada que se utilizó para evitar que saliera de Iguala.
Esta hipótesis todavía no nos permite afirmar que conocemos completamente el motivo del ataque. Pero sí demuestra que se ocultaron datos, se abandonaron líneas de investigación y se construyó una explicación conveniente para cerrar el caso.
La mentira fue otro crimen
La desaparición de los jóvenes fue el primer crimen. Después vino otro: la fabricación de la llamada “verdad histórica”.
El gobierno de Enrique Peña Nieto quiso convencer al país de que los estudiantes habían sido entregados a Guerreros Unidos, asesinados e incinerados durante horas en el basurero de Cocula y que sus restos fueron arrojados al río San Juan.
Con esa versión pretendieron dar por terminado el caso.
Sin embargo, las investigaciones independientes demostraron sus inconsistencias. Hubo detenidos torturados, pruebas manipuladas, escenarios alterados y diligencias realizadas fuera de los procedimientos legales.
En lugar de investigar para conocer la verdad, algunas autoridades fabricaron una mentira para proteger a las instituciones y cerrar el expediente.
Por eso digo que el crimen de Ayotzinapa no terminó aquella noche.
Continuó cuando torturaron a los detenidos para obtener declaraciones.
Continuó cuando manipularon pruebas.
Continuó cuando ocultaron documentos.
Continuó cuando protegieron a determinados funcionarios e instituciones.
Y continúa cada vez que se niega a las familias la información necesaria para saber dónde están sus hijos.
El Ejército debe responder
Hay una pregunta que atraviesa todo el documental y que el Estado mexicano todavía no responde completamente:
¿Qué sabía el Ejército y desde cuándo lo sabía?
Está acreditado que las Fuerzas Armadas vigilaban las actividades de la Normal y contaban con información proveniente de su interior. También tuvieron conocimiento de los ataques mientras estaban ocurriendo.
No basta con preguntar si algunos militares participaron directamente en la detención de los jóvenes. También debemos saber quiénes observaron, qué información recibieron, por qué no intervinieron para protegerlos y qué documentos se han negado a entregar.
Cuando una institución sabe que se está cometiendo un crimen y no actúa, no puede presentarse después como una simple espectadora.
Cuando posee información fundamental y la oculta, también impide el acceso a la justicia.
El Ejército mexicano no puede estar por encima de la verdad, de la Constitución ni del dolor de las familias.
También debemos hablar del gobierno de López Obrador
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se abrió una nueva investigación, regresó el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes y se reconoció oficialmente que lo ocurrido en Ayotzinapa había sido un crimen de Estado.
Esos avances deben reconocerse.
Pero también debemos decir que la investigación encontró un muro cuando comenzó a acercarse a las Fuerzas Armadas. La entrega de información fue incompleta y el GIEI terminó alejándose de México sin haber recibido todos los documentos que había solicitado.
Ésta es una de las verdades más dolorosas que deja el documental: la impunidad no pertenece únicamente a un partido o a un sexenio. Es una estructura que cruza gobiernos, fiscalías, corporaciones policiales y mandos militares.
Cambian los presidentes y los discursos, pero los padres continúan esperando a sus hijos.
Ningún gobierno puede llamarse transformador mientras mantenga instituciones intocables.
También resulta indignante ver que verdaderos engendros de la política, relacionados o involucrados en aquellos hechos que todavía nos duelen como nación, continúen paseándose por la vida pública como si nada hubiera ocurrido. Ahí están, nuevamente en la palestra, ocupando otros cargos o intentando reciclarse bajo nuevas siglas y discursos, mientras las familias siguen sin conocer el paradero de sus hijos.
A esos personajes les debemos buena parte del sufrimiento, la impunidad y la descomposición que hemos padecido como país. No podemos permitir que el paso del tiempo lave sus responsabilidades ni que su cinismo siga haciéndonos daño. México debe tener memoria: quien participó, encubrió, fue omiso o utilizó su poder para impedir el esclarecimiento de los hechos no merece premios, cargos ni nuevas oportunidades políticas; debe responder ante la justicia y ante la nación.
Apostaron por el cansancio de los padres
Los padres y las madres no solamente han tenido que soportar la ausencia de sus hijos. También se vieron obligados a investigar a las mismas autoridades que tenían la obligación de buscarlos.
Han recorrido cuarteles, fiscalías, juzgados, montañas y fosas clandestinas. Han tocado las puertas de presidentes, organismos internacionales y tribunales. Han caminado bajo el sol y la lluvia cargando las fotografías de sus muchachos.
El poder apostó por su cansancio.
Ya en mayo de 2015, el Subcomandante Insurgente Galeano —antes Marcos— había advertido a las familias sobre esta estrategia. En su mensaje El muro y la grieta les dijo:
“Uno de los engaños de arriba es convencer a los de abajo de que las luchas largas y difíciles sólo cansan”.
También les advirtió que las plazas podían vaciarse, que las cámaras terminarían marchándose y que algunas personas que inicialmente los acompañaban acabarían abandonándolos.
Y así ocurrió.
Con el paso de los años disminuyeron las grandes movilizaciones. Muchos reflectores se apagaron. Ayotzinapa dejó de aparecer todos los días en las primeras planas.
Pero los padres y las madres no se rindieron.
El poder apostó por su agotamiento.
Ellos respondieron con perseverancia.
El poder apostó por el olvido.
Ellos levantaron la memoria de sus hijos.
El poder creyó que regresarían resignados a sus comunidades.
Ellos hicieron de su caminar una grieta en el enorme muro de la impunidad.
Gracias a su resistencia sabemos que la “verdad histórica” fue fabricada. Gracias a ellos llegaron investigadores independientes. Gracias a ellos Ayotzinapa sigue siendo una herida abierta y no una estadística olvidada dentro de un archivo gubernamental.
¿Dónde están?
Hasta ahora sólo han sido identificados científicamente los restos de tres estudiantes. El Estado no ha demostrado qué ocurrió con los demás.
Por eso nadie tiene derecho a cerrar el caso.
Necesitamos saber quién dio las órdenes, quiénes participaron, quiénes observaron sin intervenir, quiénes torturaron para fabricar testimonios, quiénes alteraron pruebas y quiénes siguen ocultando información.
El documental no nos da una respuesta definitiva sobre el paradero de los jóvenes. Y su seriedad consiste precisamente en no inventarla.
Lo que hace es mostrarnos la dimensión del encubrimiento y recordarnos que, si todavía no conocemos toda la verdad, no es porque hayan faltado preguntas, sino porque ha sobrado resistencia desde el poder para responderlas.
Después de más de tres décadas acompañando procesos organizativos de los pueblos indígenas de Oaxaca, conozco las dificultades que enfrenta un joven pobre cuando decide estudiar. Sé lo que significa para una familia campesina enviar a un hijo a la escuela, sostenerlo con grandes sacrificios y esperar que un día regrese convertido en maestro.
Por eso Ayotzinapa también nos duele en Oaxaca.
Aquellos muchachos pudieron haber nacido en cualquiera de nuestras comunidades. Pudieron ser nuestros alumnos, hermanos, sobrinos o hijos.
Ayotzinapa representa a las miles de personas desaparecidas en México. Representa a las madres buscadoras que escarban la tierra con sus propias manos. Representa a los pueblos indígenas y campesinos cuyos hijos pueden desaparecer sin que el poder considere urgente encontrarlos.
Después de mirar este documental, resulta imposible seguir afirmando que Ayotzinapa fue solamente un delito cometido por unos policías municipales y un grupo criminal.
Ayotzinapa fue un crimen de Estado.
Y mientras no exista verdad plena, justicia y castigo para todos los responsables, continuará siendo un crimen del presente.
Los padres y las madres siguen preguntando:
¿Dónde están nuestros hijos?
Y México entero debe repetir esa pregunta.
Porque vivos se los llevaron.
Porque el Estado debe responder.
Porque olvidar a los 43 sería permitir que los desaparecieran por segunda vez.
¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Importante
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