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Mazatlán Villa de Flores: entre los sueños, la memoria y el futuro de un pueblo mazateco

Mazatlán Villa de Flores: entre los sueños, la memoria y el futuro de un pueblo mazateco

Tal vez ha llegado el momento de volver la mirada hacia lo propio: hacia la lengua mazateca, la memoria colectiva y la asamblea comunitaria.

Tal vez ha llegado el momento de volver la mirada hacia lo propio: hacia la lengua mazateca, la memoria colectiva y la asamblea comunitaria.

Para el pueblo mazateco, los sueños no son simples imágenes de la noche. Son mensajes, advertencias, presagios de lo que puede venir. Forman parte de una cosmovisión ancestral en la que el mundo espiritual dialoga con la vida cotidiana. En el libro que pronto publicaré sobre la historia, la cultura y la resistencia del pueblo mazateco dedico varias páginas a esa profunda relación entre los sueños y la realidad.

Hace apenas unas horas, alrededor de las tres de la mañana, tuve un sueño que me hizo reflexionar profundamente.

Soñé que llegaba a una asamblea en Mazatlán Villa de Flores. Al concluir la reunión, Melquiades tomó la camioneta blanca que entonces utilizaba yo, se subió al volante y, deliberadamente, simuló un accidente, lanzándola hacia un barranco. Lo más sorprendente fue que, pese al impacto, la camioneta permaneció prácticamente intacta; únicamente la cabina sufrió algunos daños.

Desperté sobresaltado. Comprendí que aquel sueño no hablaba de un vehículo. Hablaba del propio Mazatlán Villa de Flores: un pueblo que durante décadas ha sido conducido una y otra vez al borde del precipicio por intereses ajenos al bienestar colectivo, pero que, a pesar de todo, sigue conservando la fuerza suficiente para levantarse y reconstruir su destino.

Ese sueño me impulsó a escribir estas líneas.

Después de muchos años de haber iniciado la lucha por el rescate del poder de decisión del pueblo de Mazatlán Villa de Flores, hoy miro la historia a la distancia y no puedo ocultar una profunda tristeza.

No es únicamente el paso del tiempo lo que duele. Lo que verdaderamente lastima es constatar que se fue perdiendo la mística de aquella lucha; se fue borrando la memoria colectiva y, poco a poco, se trastocó la vida comunitaria que durante generaciones dio identidad y cohesión al pueblo mazateco.

Desde mi perspectiva, ese deterioro comenzó cuando Raymundo Rosas llegó al poder y posteriormente fue impuesto Rogelio Rosas Blanco. A partir de entonces, las disputas por el control político fueron desplazando el sentido comunitario que durante años distinguió a Mazatlán Villa de Flores.

Recuerdo también el tiempo en que Juan José Osante ejercía una enorme influencia sobre la vida política del municipio. En mi opinión, su forma de hacer política fomentó relaciones de dependencia mediante apoyos asistencialistas, mientras el pueblo permanecía dividido y sin construir un proyecto propio de desarrollo.

Durante esos años una pregunta me acompañó constantemente y hoy vuelve a mi memoria:

¿De verdad no habrá un solo mazateco capaz de despertar, retomar la bandera de la reivindicación de su pueblo, unir nuevamente a las comunidades y romper el círculo vicioso en el que Mazatlán ha permanecido durante tantos años?

Mazatlán Villa de Flores ha sufrido demasiado.

Décadas de confrontaciones, divisiones internas, intereses externos, simulaciones políticas y gobiernos sin un verdadero proyecto de largo plazo han debilitado la vida comunitaria. La planeación ha sido sustituida por la improvisación; el bien común, por los intereses personales; y la libre determinación del pueblo ha sido vulnerada una y otra vez por quienes ven al municipio como un espacio de poder y no como una comunidad con historia, cultura y dignidad.

Quizá lo más doloroso ha sido observar cómo algunos hijos de este pueblo fueron abandonando el espíritu comunitario para adoptar prácticas ajenas a la tradición mazateca. En cada proceso electoral aparecen quienes únicamente esperan saber quién será el próximo gobernante para acercarse al poder y obtener algún beneficio personal. Como la rémora que se adhiere al pez grande para sobrevivir, algunos han hecho de la política un medio para acomodarse y no un servicio a su pueblo.

Hoy Mazatlán enfrenta nuevamente una decisión trascendental.

Por un lado se encuentra Teófilo Marín, a quien conozco desde hace muchos años. Me correspondió participar en el proceso mediante el cual obtuvo una plaza de educación indígena, en un contexto de acuerdos impulsados con la Sección 22, privilegiándose entonces el dominio de la lengua mazateca. Posteriormente ocupó la presidencia municipal y hoy busca nuevamente encabezar el gobierno de Mazatlán.

Corresponde al pueblo valorar su trayectoria, los resultados de su administración y decidir, con plena libertad, si representa el proyecto que el municipio necesita.

Por otro lado está Avelino Rosas Marín. Su historia es distinta. Desde los siete años tuvo que abandonar su tierra para migrar a la Ciudad de México. Como miles de indígenas mexicanos conoció el sacrificio, el trabajo duro y las dificultades propias de quien deja su comunidad buscando mejores oportunidades. Con disciplina y esfuerzo logró abrirse camino hasta convertirse en un empresario exitoso en el Valle de México, donde ha consolidado una empresa dedicada a la producción y comercialización de carnes frías con marca propia. Su historia representa el valor del trabajo, la perseverancia y la capacidad de construir patrimonio con esfuerzo propio.

No me corresponde decirle al pueblo por quién debe votar. Esa decisión pertenece exclusivamente a la Asamblea y a las comunidades de Mazatlán Villa de Flores. Sin embargo, tampoco renuncio a mi derecho de expresar mi opinión.

Si hoy alguien me preguntara por quién votaría, respondería sin titubeos: votaría por Avelino Rosas Marín. No por amistad, ni por compromisos personales, ni por interés alguno. Lo haría porque veo en él la posibilidad de abrir una nueva etapa para Mazatlán Villa de Flores; una etapa en la que el servicio público vuelva a estar por encima de los intereses de grupo y en la que la comunidad recupere el lugar que nunca debió perder.

Lo que sí considero indispensable es hacer un llamado para que esta elección no vuelva a convertirse en un escenario de compra de conciencias, de divisiones familiares, de imposiciones externas o de intereses ajenos al municipio.

También creo que ha llegado el momento de que quienes durante décadas han concentrado la conducción política del municipio —como Paulino Marín, Melquiades Rosas Blanco, Raymundo Rosas y otros actores de esa generación— den un paso al costado y permitan que emerjan nuevos liderazgos nacidos de las propias comunidades.

Toda sociedad necesita la experiencia de sus mayores, pero también la fuerza, la creatividad y la visión de quienes vienen detrás. Los liderazgos no deben convertirse en patrimonio de unas cuantas familias ni perpetuarse generación tras generación.

Los pueblos también necesitan renovarse.

Existen mujeres y hombres honestos, jóvenes y adultos, que aman profundamente su tierra y que pueden construir una nueva etapa para Mazatlán Villa de Flores. Ha llegado el momento de confiar en ellos.

El desarrollo de Mazatlán debe edificarse bajo un principio irrenunciable: la libre determinación de los pueblos indígenas.

Los derechos indígenas no pueden seguir siendo declaraciones huecas, discursos de campaña o banderas políticas que se levantan únicamente cuando conviene. Deben convertirse en una realidad palpable. El verdadero respeto comienza cuando se reconoce el derecho de las comunidades a decidir libremente su destino, sin presiones, sin manipulaciones y con pleno respeto a su dignidad.

Oaxaca necesita cambiar.

Mazatlán Villa de Flores necesita cambiar.

Pero ese cambio también comienza en cada uno de sus ciudadanos.

Tal vez ha llegado el momento de volver la mirada hacia lo propio: hacia la lengua mazateca, la memoria colectiva, la asamblea comunitaria, el tequio, la solidaridad, el trabajo compartido y los valores que durante siglos sostuvieron a este extraordinario pueblo.

Porque precisamente ahí, en sus raíces, sigue estando su mayor fortaleza.

Ojalá que el sueño que tuve sea solamente eso: un sueño. Pero si encierra una advertencia, deseo que sirva para recordar que ningún pueblo está condenado a vivir permanentemente al borde del barranco.

Siempre existe la posibilidad de corregir el rumbo.

El destino de Mazatlán Villa de Flores no está escrito. Lo escribirán, una vez más, la conciencia de su gente, la memoria de sus mayores, la esperanza de sus jóvenes y la decisión libre de un pueblo que merece reconciliarse consigo mismo y volver a caminar con dignidad.

Mazatlán Villa de Flores: entre los sueños, la memoria y el futuro de un pueblo mazateco

Tal vez ha llegado el momento de volver la mirada hacia lo propio: hacia la lengua mazateca, la memoria colectiva y la asamblea comunitaria.

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