Cuando el poder secuestra a la comunidad
El cacicazgo debilita la asamblea, concentra el poder y convierte derechos comunitarios en favores políticos.
El cacicazgo debilita la asamblea, concentra el poder y convierte derechos comunitarios en favores políticos.
"El cacicazgo comienza donde termina la libertad de la asamblea".
Oaxaca de Juárez, Oaxaca.— Después de más de tres décadas caminando por los pueblos de Oaxaca he aprendido que no todos los males de nuestras comunidades vienen de afuera.
Hay que decirlo.
También existen personas y grupos dentro de nuestros propios pueblos que han aprendido a vivir del poder, que protegen sus intereses particulares y que terminan utilizando a la comunidad para conservar privilegios.
Es doloroso reconocerlo porque muchas veces son nuestros propios vecinos, conocidos y hasta familiares.
Son personas que conocen perfectamente las necesidades de la gente, sus carencias, sus divisiones y sus esperanzas. Y precisamente porque las conocen, saben también cómo utilizarlas.
Así nacen y se reproducen los cacicazgos.
Cuando servir se convierte en controlar
Toda comunidad necesita liderazgos: mujeres y hombres capaces de convocar, organizar y construir acuerdos.
El problema comienza cuando el liderazgo deja de servir y empieza a controlar.
Cuando una persona decide quién puede participar y quién no.
Cuando distribuye beneficios entre sus cercanos.
Cuando utiliza los recursos públicos para construir lealtades.
Cuando coloca familiares en los cargos.
Cuando pretende decidir quién será la siguiente autoridad.
Cuando convierte una responsabilidad temporal en patrimonio familiar o de grupo.
Entonces ya no estamos hablando de liderazgo.
Estamos hablando de cacicazgo.
Y los cacicazgos hacen un daño profundo porque no solamente concentran el poder: terminan debilitando la confianza de la comunidad en sí misma.
Convertir derechos en favores
Quizá una de las formas más perversas de dominación política consiste en hacerle creer a una persona que debe agradecer aquello que en realidad le corresponde por derecho.
Una obra pública no es un regalo del presidente municipal.
Un programa social no pertenece al gobernador.
Una beca no pertenece a ningún partido.
Los recursos públicos no salen del bolsillo de quienes gobiernan.
Son recursos del pueblo.
Sin embargo, cuando los derechos comienzan a presentarse como favores, aparece una relación peligrosa de dependencia:
Yo te ayudo.
Tú me apoyas.
Yo te doy.
Tú obedeces.
Así se compran silencios y se construyen lealtades.
Y poco a poco el ciudadano deja de sentirse ciudadano para convertirse en beneficiario de alguien.
Eso debemos terminarlo.
La pobreza jamás debe convertirse en materia prima para construir poder político.
El cacicazgo también divide
Para conservarse, muchos cacicazgos necesitan comunidades divididas.
Mientras los ciudadanos estén enfrentados entre sí, difícilmente podrán cuestionar a quienes concentran el poder.
Por eso se alimentan rivalidades, se crean grupos, se reparten beneficios, se castiga al que piensa diferente y se premia al que obedece.
La comunidad termina discutiendo entre ella mientras unos cuantos continúan tomando las decisiones.
He visto pueblos donde una elección municipal deja heridas durante años.
He visto familias enfrentadas por diferencias políticas.
He visto autoridades utilizar recursos públicos para fortalecer a su grupo y debilitar a quienes consideran adversarios.
Eso no es gobernar.
Es administrar la división para conservar el poder.
Cuando la asamblea deja de ser libre
Por eso he insistido tanto en recuperar nuestras asambleas.
Pero debemos decir algo incómodo: no toda reunión que se llama asamblea representa verdaderamente la voluntad de un pueblo.
Una asamblea manipulada también puede convertirse en instrumento del cacicazgo.
Cuando previamente se decide quién hablará.
Cuando se presiona a quienes piensan diferente.
Cuando se condicionan apoyos.
Cuando se moviliza gente únicamente para levantar la mano.
Cuando las decisiones ya fueron tomadas antes de comenzar la reunión.
Eso no es asamblea.
Es simulación.
La verdadera asamblea necesita ciudadanos informados, libertad para hablar, respeto a las diferencias y capacidad real para decidir.
Porque el cacicazgo comienza donde termina la libertad de la asamblea.
El poder no se hereda
Hay otra práctica que debemos erradicar de nuestra vida pública: el nepotismo.
Los municipios no son herencias familiares.
Las instituciones no pertenecen a apellidos.
La política no puede convertirse en una sucesión donde el esposo entrega el poder a la esposa, el padre al hijo, el hermano al hermano o un pequeño grupo se reparte permanentemente los cargos.
No importa qué partido lo haga.
Está mal.
Y debemos tener la misma autoridad moral para señalarlo cuando lo hacen nuestros adversarios y cuando lo hacen nuestros amigos.
De lo contrario, también nosotros estaremos simulando.
El poder tampoco debe convertirse en permanencia
Hay algo más que debemos discutir con seriedad: la pretensión de permanecer una y otra vez en el poder.
Una cosa es que las normas permitan determinadas formas de continuidad o reelección y que una comunidad decida libremente ejercerlas. Otra muy distinta es utilizar el cargo, los recursos públicos, las estructuras de gobierno o las necesidades de la gente para construir desde el poder las condiciones para permanecer en él.
Cuando alguien gobierna pensando desde el primer día en cómo conservar el cargo, corre el riesgo de dejar de gobernar para todos y comenzar a gobernar para su propia continuidad.
Y cuando esa pretensión pasa por encima de la voluntad auténtica de la comunidad, se trastoca la dignidad de todo un pueblo, porque se le envía el mensaje de que no existen otras mujeres y hombres capaces de gobernar, como si el destino colectivo dependiera de una sola persona o de una sola familia.
Nadie es indispensable.
Los pueblos siempre son más grandes que sus gobernantes.
La democracia también necesita renovación, nuevos liderazgos y oportunidades para que otras voces participen en las decisiones públicas.
Por eso debemos distinguir entre una continuidad decidida libremente por los ciudadanos y la pretensión de perpetuarse utilizando las ventajas que proporciona el ejercicio del poder.
Lo primero puede ser una decisión democrática.
Lo segundo puede convertirse en la antesala del cacicazgo.
Un buen gobernante también debe saber irse.
Debe comprender que el cargo es temporal, que el poder le fue confiado y que llegará el momento de devolverlo a la comunidad.
Porque gobernar con dignidad no consiste solamente en saber llegar al poder.
También consiste en saber dejarlo.
No cambiar un cacique por otro
Pero tampoco se trata simplemente de cambiar un cacique por otro.
Ese ha sido uno de nuestros grandes errores.
Quitamos un grupo para colocar otro.
Cambiamos nombres.
Cambiamos partidos.
Cambiamos colores.
Pero dejamos intacta la manera de ejercer el poder.
Entonces nada cambia realmente.
La verdadera transformación no consiste en sustituir a quienes controlan una comunidad para que otros hagan exactamente lo mismo.
Consiste en construir condiciones para que nadie vuelva a apropiarse de la voluntad colectiva.
Por eso necesitamos ciudadanos libres.
Asambleas fuertes.
Autoridades que rindan cuentas.
Mujeres participando en condiciones de igualdad.
Jóvenes cuestionando y proponiendo.
Personas mayores compartiendo su experiencia.
Y comunidades capaces de decidir sin amenazas, sin dádivas y sin intermediarios que pretendan hablar permanentemente en su nombre.
Recuperar la libertad de nuestros pueblos
Después de tantos años caminando Oaxaca sigo creyendo profundamente en la capacidad de nuestros pueblos.
Pero también he aprendido que la libertad comunitaria no está garantizada para siempre.
Hay que cuidarla.
Hay que ejercerla.
Hay que defenderla.
Ningún gobierno vendrá a regalarnos esa libertad.
Y ningún dirigente debería administrarla en nuestro nombre.
Un buen gobierno debe fortalecer la capacidad de los ciudadanos para decidir, nunca sustituirla.
Debe fortalecer la asamblea, no manipularla.
Debe formar ciudadanos libres, no clientelas.
Debe construir nuevos liderazgos, no herederos.
Debe rendir cuentas, no exigir obediencia.
Porque ningún gobernante, dirigente, partido, familia o grupo puede considerarse dueño de un pueblo.
Los pueblos tienen memoria.
Pero, sobre todo, tienen dignidad.
Y cuando una comunidad recupera su dignidad, recupera también aquello que jamás debió entregar: su derecho a decidir por sí misma.
Ese debe ser uno de los grandes propósitos de un buen gobierno.
No gobernar eternamente.
No fabricar sucesores.
No construir dependencias.
Sino crear las condiciones para que cada generación produzca nuevos liderazgos y para que la comunidad conserve siempre la última palabra sobre su propio destino.
Porque el cacicazgo comienza donde termina la libertad de la asamblea.
Y el buen gobierno comienza cuando el poder vuelve a las manos de la comunidad.







































